TREINTA Y TRES: SÁBADO A MEDIATARDE. VUELVE EL JOVEN DEL TERMO CON AGUA Y COMIDA. DIALOGAN PERO ÉL NO SE ATREVE A PEDIRLE ZAPATOS.

Vuelve Hughes/Yeims tal como lo había prometido. Trae sus sándwiches, otro paquete de bizcochitos y una botella grande de agua mineral. Me dice que nos arreglemos con eso, que tal vez hoy no venga nadie

—Parece que se olvidaron de ustedes, che. ¡Menos mal que estoy yo, Darcito!

Aguanto el comentario y espero.

—¿Querés? —levanta las cejas—. Uy disculpá... querés se les dice a los enfermos...

Deja el paquete abierto sobre la cama, al alcance de mi mano. Agarro tres bizcochitos y me lleno la boca esperando a que empiece el mate.

Él se mueve con toda la lentitud y ceremonia que puede, no hay mucho que hacer: siempre lo trae preparado y lleno de yerba, pero ahora lo desarma y lo apoya con cuidado en la mesita de luz, como buscando un lugar limpio, una zona donde dejar la bombilla sin que se le trepen los microbios. Después lo tapa con la palma izquierda y lo sacude con la derecha. Inclina la yerba y tira el primer chorrito. Me mira con cara de maestro que quiere predicar con el ejemplo.

Soporto la sequedad en la garganta y lo miro yo también, como si soportar el deseo sin que se note fuese un acto de dignidad. Pero es todo actuación: ni yo soy un prisionero ni él es un guardia que me niega el alimento. Sonríe y dice:

 

—Mirá: primero un poco de agua. Después tapás la parte de acá arriba, la abierta, así, ¿ves? y la metés despacito en el lugar mojado. Después le vas tirando el resto del agua, pero que caiga sobre la bombilla, no derecho en la yerba ¿entendés? no es algo así nomás. El secreto es hacerlo despacio.

Le digo que sí con la cabeza, pero lo que menos me importa en este momento es el mate. Ni el mate ni los sándwiches ni el personal que no vino. Siento que estoy desvalido, siempre sentado en la cama, siempre evitando tocar el suelo. Necesito saber si me va a traer algo para cubrir los pies. Necesito saber, pero no puedo preguntárselo directamente porque sus respuestas me dejan cada vez en un lugar peor.

 

—Tomate el primero, Darcito. ¡Dale, hacete hombre, che!

—Gracias. Está muy rico.

 

Tomo el mate deliberadamente despacio. Lo miro un poco a la cara y después dejo la vista fija en un rincón. Sigo actuando con él: sostengo el silencio y muevo los dedos de los pies para que perciba mi reproche.

—¡Pero así no, che! Me lo estás devolviendo lleno todavía: hacelo sonar... Dale bien hasta el fondo, hasta que haga ruidito.

Termino el mate y se lo doy, ya no sé cómo hacer para pedirle mi calza-do sin que me pregunte que número uso ni para qué lo quiero ni que se vaya otra vez sin dejarme nada.

 

—Pero mirá que estás callado hoy, che. Yo les dejo comida, fijate qué lindos me quedaron, les puse bastante sal y el tomate cortado finito ¿qué te parece? Son mi especialidad, hasta ésta se va a chupar los dedos, vas a ver.

Me animo a decirle que espere un poco, que el mate está muy bueno, que no se vaya.

 

—Mirá... te doy un par más y salgo: me están esperando, che.

 

La muda está acostada boca arriba y gira la cabeza hacia uno y otro lado. Va rápido, recorre ciento ochenta grados y parece que estuviera trazando un semicírculo con la punta de la nariz. La presencia de Hughes la incomoda y hace recrudecer su intermitencia. Él sale otra vez con el termo bajo la aleta. Sólo alcanzo a preguntarle si va a volver.

 

—¡Pero por quién me tomás, che! ¿Cuándo te fallé yo? A ver... decime, ¿cuándo te fallé yo? Vos no te preocupés. Descansá nomás.

 

La velocidad de la muda se hace casi extrema: aunque sólo gira la cabeza sobre la almohada parece como si se la estuviera golpeándo con desesperación. Me bajo de la cama y voy hasta ella. El piso es muy frío pero bien limpio y me digo que no es tan terrible ir descalzo. Le agarro las mejillas con las manos abiertas y voy acompañando su movimiento hasta lograr detenerlo. Me deja hacer pero se mantiene muy tiesa, con las puntas de los pies apuntando al techo, con las piernas extendidas y muy apretadas una contra la otra.

Igual bajo mi cabeza para apoyarme y escuchar. Dejo una de mis manos detenida en su cuello que late con violencia. Antes de cerrar los ojos veo que Hughes, además de la comida, me dejó una bolsa al lado de la cama. Una bolsa grande de color verde oscuro, con manijas marrones de papel encerado.

 

Voy a limpiar el río. Voy a limpiar el río de la mancha roja que le vi hace tiempo. Que todas vimos y ninguna sabe precisar cuándo, qué intensidad, si era sangre o qué. Y si era, ninguna sabe precisar de qué, de quién. Pero voy a limpiar el río. Porque el olor era terrible y claro y se disipó. Porque el sol de aquel día se fue, volvió y se fue otra vez, siempre el mismo, siempre cumpliendo con su recorrido. Porque la ropa, los ojos de cada una, aún envejeciendo con el uso, siguen siendo los mismos ojos, las mismas faldas, pero la mancha no. Nunca se fue y no está exactamente ahí: tiene una forma de ser que no es estar. Es móvil y nunca se detiene, no deja nunca de cambiar.

 

Lo hace de un modo en que no es posible atrapar la diferencia. En qué momento y cómo era y cuándo dejó de ser. Como las nubes tal vez, pero las nubes se van, se deshacen, se vuelven a reunir y cuando llueven son una bendición tan esperada. La mancha no: cambia y es la misma todo el tiempo, es tan imprecisa como indeleble, está en la superficie o en el medio de la corriente o es reflejo. La mancha es, eso es todo, es ahí, a toda hora, de todos modos. Es el recuerdo que ignoramos de un hecho que desconocemos, es la presencia de algo que no está, no sé, lo que sí sé es lo que ayer le dije a todas y lo que haré: VOY A LIMPIAR EL RÍO.

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