TREINTA Y CUATRO: 13 DE MARZO. ACOMPAÑA A SELENE EN SU DUELO. CAMINA POR LA ZONA DE LA CARNICERÍA Y VUELVE A ENCONTRARSE CON SANGRE.
Salí a
buscar pan, intentando no asfixiarme con la tristeza de Selene. Fui lejos,
hasta el lugar en donde había comprado carne aquella vez. Era una calle
empinada que terminaba en un cerco de madera. Quise ir hasta ahí, tocar las
maderas y volver a subir. Para hacer algo, para pasar el tiempo. El entierro
había sido simple y no tuve que ocuparme de nada, ya había pasa-do una semana y
todavía no sabíamos qué hacer.
Mientras iba hacia abajo, muy lenta y elegantemente pasó caminando una gata
blanca, pasó al lado mío y se restregó en mis piernas. No pude evitar pensar en
mi vestido blanco de aquel día. La gata caminaba hacia adelante, se iba unos
pasos y volvía a buscarme: parecía haberme elegido para ser su dueña. Pensé
llevarla a la casa para entretenernos y tener algo que cuidar. Era hermosa y,
como la fruta y la verdura, parecía ajena a la basura y la humedad de las
calles. Fui pensándole nombres mientras bajaba.
A mitad de cuadra, de pronto aparecieron de la nada dos perros.
Uno de cada costado, uno negro y otro gris, perros comunes pero mucho más
gran-des que ella. Fue todo tan veloz que no pude hacer nada. La mordieron
ladrando y gruñendo con una violencia que me pareció más humana que animal. Fue
apenas un instante y la dejaron manchada y tirada en la calle. Después pasaron
por la vereda con un trotecito culpable, casi arrastrándose y con las cabezas
bajas y la cola entre las piernas.
Volví rápido tratando de deshacerme de la imagen. No pude evitar
pensar en Selene comenzando a sangrar cada mes y perdiendo así a su bebé
imaginario, lo que le daría la posibilidad del verdadero, supongo. Pensé en mi
propia sangre hace diez años: tantos días de hemorragia después de mi primer
paso por acá, por Arica. Pensé en la Abuela, muerta y blanca: sin sangre.
Ya era suficiente. Por nada del mundo iba a volver a la calle de
la carnicería.
Ese fue el día que decidí venir hasta aquí, venir a pensar antes
de regresar, a comprobar que el tiempo no vuelve pero sí puede quedarse
detenido en una fecha, que puede encerrarse bajo una campana para comenzar a
andar diez años después, sin que se note demasiado el salto.
Si Selene tiene un niño detenido, yo tengo detenido mi corazón acá
en esta ciudad, con una vida posible por iniciar que nunca prosperó pero
tampoco se apagó del todo. Aquí estaré hasta que me encuentre. Con Selene y
conmigo, esa que fui hace diez años: casi una niña llorando sobre el Pacífico.
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